Por Raúl Chávez
Analista político
Reducir el debate político a consignas simplistas, como afirmar sin mayor fundamentación que el país vive una dictadura, empobrece la discusión pública e impide un análisis serio de la realidad institucional del país. Lo que corresponde en una democracia es examinar sobre qué evidencias, argumentos y criterios teóricos sostienen ciertos actores políticos una afirmación de esa naturaleza.
En democracias fortalecidas o frágiles como la nuestra, la existencia de conflictos políticos, protestas sociales o crisis de gobernabilidad no constituye, por sí misma, una prueba de que se vive bajo una dictadura. Por el contrario, estos fenómenos reflejan tensiones propias de los sistemas democráticos, aunque, sin duda, también evidencian bajos niveles de institucionalización.
¿Dónde comienza el problema? Por supuesto, desde el inicio. Diversos politólogos sostienen que una de las principales debilidades históricas de las democracias latinoamericanas ha sido la fragilidad de sus partidos políticos. De cara a las elecciones seccionales N29, por ejemplo, resulta difícil considerar plenamente democráticos algunos de los mecanismos internos que utilizan los partidos políticos para seleccionar candidatos y tomar decisiones. Más preocupante aún es la percepción de que organismos como el CNE no siempre ejercen un control riguroso, alimentando la desconfianza ciudadana y la calidad de la democracia. Quizás el problema no sea los criptodictadores, sino los demócratas de ocasión….
En todo sistema democrático es necesario la existencia de contrapesos institucionales, la independencia de poderes – Montesquieu – En principio, en una sociedad donde existe pluralismo político, pluralismo jurídico, pluralismo de pensamiento, libertad de expresión y diversidad de organizaciones sociales: ¿son características de un sistema dictatorial o más bien de una democracia con conflictos, deficiencias y tensiones propias de su desarrollo institucional?
Weber – politólogo alemán- distinguía entre la “ética de la convicción” y la “ética de la responsabilidad”. La primera actúa guiada por principios absolutos, mientras que la segunda exige evaluar las consecuencias reales de los juicios y decisiones políticas. Desde esta perspectiva, “señalar del dedo” a un régimen como dictadura exige una responsabilidad intelectual muy particular: ¿acaso es un grosero error, una gravedad política y quizás jurídica que no puede utilizarse únicamente como un recurso retórico de deslegitimación del adversario?
Por ello, los desacuerdos deben resolverse mediante el debate racional, la crítica argumentada y los procedimientos institucionales propios de una democracia. El reconocimiento de que el país es diverso y multicultural, implica que coexisten valores y opiniones diversas: la base de la tolerancia política y el principal antídoto frente a los dogmatismos, fundamentalismos y tendencias autoritarias…la política es siempre sorprendente pero la exageración nunca descansa…