Por, Dr. Alfonso Pasquel B.
A comienzos de los años 1970, las feministas eran conscientes de la variedad de maltratos o tratamientos injustos de parte del sistema médico. Como profesionales de los servicios de salud, las mujeres estaban ampliamente confinadas a roles subalternos, tales como enfermeras o auxiliares de salud.
En 1972 se conocía todavía la profesión médica, tal como la conocemos (con más del 90% de hombres), habían reemplazado y borrado una tradición de medicina empírica femenina más antigua y que comprendía a la vez la
práctica de la obstetricia y una gamma de saber hacer de curanderas; a pesar de aquello cerraban a las mujeres el acceso a los estudios de la medicina.
La persecución a esta práctica fue impresionante. En efecto, el número de mujeres muertas acusadas de brujería, según estimaciones de la época, los especialistas ponían cifras del orden de un millón y más. Mismo si el contaje no será jamás exacto; el historiador John Demos (2008) escribe que los estudios recientes dan estimaciones que “recaen a un nivel de 50.000 a 100.000”…
Hay que clarificar el rol de la profesión médica europea en relación con la Iglesia y el Estado. Los procesos de brujería han representado una extraordinaria cooperación y a veces conflictos en el seno de todas las instituciones dominantes,
aquí comprendidas las profesiones de la justicia y de la medicina, cuyo ejercicio dependía mucho de la aprobación de las más altas autoridades.
No se puede escapar a la asociación hecha, por los cazadores de brujas, entre las brujas y las obstetrìces en Europa. En Alemania, en 1590 en la ciudad de Nordlingen una Obstetríz, Bárbara Lierheimer, había declarado en cólera contra el verdugo que le había hecho perder su medio de subsistencia diciendo que ella era bruja, fue detenida y por denegaciones y confesiones contradictorias, fue torturada a muerte.
Más tarde en el curso del siglo XVII, Augsbourg, se descubre que el pastor de la iglesia Santa Cruz “sin escrúpulo” decía que la comadrona local era una bruja y él se negaba categóricamente a bautizar todo niño que ella traía a su iglesia.
Se les acusaba de “magia malhechora”, las prácticas de curación o magia blanca,eran signos de ser discípulos de Satán. William Perkins (1558-1602), pastor y teólogo protestante inglés, fue uno de los eclesiásticos que introdujo en Inglaterra y
en Nueva Inglaterra esas ideas sobre el arte de la brujería.
Predicaba que a más de ser “malas brujas” había también las “buenas brujas” que no hacían más que curar los males “que habían sido infringidos” por las “malas brujas”; explicaba que, de las dos, el monstruo más horrible y detestable era la buena bruja. ¼ a 1/3 de las sospechosas eran conocidas por fabricar y administrar remedios
especiales, prodigar formas expertas de cuidados de enfermería o ser empleadas regularmente como comadronas. Algunas estaban especialmente descritas, “mujeres – médicos”. La relación subyacente es bastante evidente: la capacidad de curar y la capacidad de hacer daño estaban íntimamente asociadas.
En una época que asociamos al Renacimiento en Europa y a los primeros signos de la revolución científica; la caza a las brujas fue, un retroceso hacia la ignorancia y la impotencia, no solamente para las clases populares que perdieron un gran número de sus curanderas tradicionales sino para todos…
Lo que habría podido ser una ocupación valorizante para las mujeres y un campo viviente de investigación intelectual, fue desacreditado, negado y cuando los miembros de la elite intelectual buscaron más tarde, reencontrar un poco de saber perdido sobre la naturaleza, debieron retornar hacia las sobrevivientes marginalizadas de la medicina tradicional.
Como lo escribe Richard Holmes a propósito del gran botanista inglés del siglo XVIII, Joseph Banks, su interés por la botánica, le puso en contacto con personas que normalmente fueron invisibles al Liceo privilegiado de Eton. Se
trataba de buenas mujeres que vivían al borde del campo, de herboristas bohemias que colectaban las plantas medicinales… era una tribu extraña, dotada de grandes conocimientos, que él aprendió pronto a tratar con
respeto.
La represión de las brujas y la eliminación más tardía y menos violenta, de comadronas y de mujeres, que aspiraban a ser doctoras en los Estados Unidos, son los solos ejemplos en la Historia, de un desperdicio deliberado de talentos, de
educación y de experiencia.
Las mujeres siempre han sido curanderas. Ellas fueron los médicos y anatomistas sin títulos en la historia de Occidente. Ellas atendían los partos, eran enfermeras y consejeras. Eran farmacéuticas, cultivaban las plantas medicinales y compartían los secretos de su utilización. Eran las comadronas que se desplazaban de casa en casa y de pueblo en pueblo. Durante siglos, las mujeres fueron los médicos sin diploma, prohibidas de acceso a los libros y a los cursos, aprendían las unas de las otras, transmitiéndose sus experiencias de vecina en vecina y de madres a hijas. Ellas
eran llamadas “bonnes femmes” por el pueblo y brujas o charlatanas por las
autoridades.
CUANDO LAS MUJERES ESTÁN AUTORIZADAS A PARTICIPAR AL PROCESO DE
CUIDADOS DE SALUD, LO HACEN COMO ENFERMERAS EN SU MAYORÍA. Y LAS
ENFERMERAS, SIN IMPORTAR EL RANGO QUE OCUPEN, SON EL “PERSONAL
AUXILIAR” AL SERVICIO DE LOS MÉDICOS.
Las auxiliares de salud, hacen tareas subalternas definidas con precisión industrial, traduce las prescripciones de los
médicos, cumplen tareas de aseo a los enfermos y el estatus de enfermeras es el de, domésticas en uniforme al servicio de profesionales masculinos dominantes.
La sumisión está reforzada por la ignorancia y están forzadas a quedarse ignorantes. Se enseña a las enfermeras a no plantear preguntas, a no responder. “El doctor conoce más que usted”. Él es el “Chaman”, en contacto
con un mundo prohibido, místico, complejo como el de la ciencia que está
fuera del alcance del común de los mortales.
Pero ventajosamente, la historia contradice esas teorías. Las mujeres eran curanderas autónomas, frecuentemente, las únicas que curaban a las mujeres y a los pobres. En los períodos añejos, eran más los profesionales masculinos que se
aferraban a doctrinas no aprobadas y a prácticas ritualistas y eran las mujeres curanderas, las que representaban un contacto más humano y empírico de la medicina. Continuará… (Fuente La Espuela)