Por: Gabriel Hurtado Valencia
A propósito de la conferencia mundial de la ONU 2026:
Queremos que nos respondan los gobernantes de las naciones del mundo estas simples preguntas: ¿Los niños atentamos contra el ecosistema? ¿Los niños fabricamos armas para la guerra? ¿Los niños somos racista y xenófobos? ¿Los niños odiamos a nuestros semejantes? ¿Los niños fabricamos armas de destrucción masiva? ¿Los niños somos culpables del calentamiento global? ¿Los niños hemos dañado la capa de ozono? Entonces, si no somos culpables ¿Por qué condenarnos a morir miserablemente por la pobreza a unos y a otros encarcelarles el corazón en las guerras?
Hace pocos días, en un lugar del Planeta Tierra, “de cuyo lugar no queremos acordarnos” murió un niño pordiosero. Fue la muerte más triste de un niño en la historia de la humanidad: Vivía debajo de un puente, aprovechando la luz de la luna, caminó varias cuadras, siguiendo el ruido que otros niños hacían mientras jugaban. A pesar de su condición de mendigo, los otros niños aceptaron gustosos que se uniera al juego. Cuando la luna dejó de alumbrar, los niños se fueron a sus casas, el niño pordiosero empezó a caminar hacia su casa debajo del puente, triste y cabizbajo. Al llegar al lugar donde vivía desde la muerte de su madre: acomodó los periódicos que le servían de cama y la piedra como almohada. Sintió hambre y recordó que en algún momento había guardado un pedazo de pan. Lo buscó hasta encontrarlo, sintió mucha alegría, tenía algo para mitigar el hambre. Se acostó y utilizó otros periódicos como cobija y comenzó a luchar para comer el pan que estaba igual de duro que una piedra; pero era tanta el hambre que no cesó en su intento por partir un bocado. Varios dientes se le aflojaron y la sangre salía de su boca, gemía de dolor por las encías lastimadas; pero tenía que comer algo, tenía mucha hambre. Finalmente logró partir un pedazo de pan y al mismo tiempo sintió el dolor y la sangre por el diente que se desprendió de la encía. No podía masticar, tenía la boquita lastimada, lo único que le quedaba era tragarse el pedazo de pan sin masticarlo. Llorando de dolor intentó tragar el bocado de pan que no le pasó de la garganta y fue muriéndose lentamente creyendo que se estaba quedando dormido. Ya no despertó al día siguiente para ir a jugar con los otros niños.
La escuela es nuestro parque de diversión favorito, allí aprendemos a ser felices en el momento del recreo, ahí aprendemos a ser felices dándoles una nueva vida a las letras del alfabeto, allí aprendemos a ser felices realizando los juegos de la inocencia del corazón. Y pensar que en muchos momentos hemos jugado a ser adultos porque nos dejamos llevar por las apariencias, creemos que los adultos son buenos; pero no nos hemos dado cuenta que esos adultos a los que imitamos: fabrican bombas atómicas, armas, venenos, dañan el planeta y nos dan comida cultivadas con químicos.
Los niños de hoy queremos una nueva educación que primero nos enseñe a amar a los demás, que nos enseñe a practicar la bondad con todo lo que existe en el mundo, que nos enseñe a amar la paz y a aborrecer la guerra. Los niños de hoy, cuando seamos adultos: crearemos un mundo mejor y les agradeceremos a los adultos de hoy por habernos dado una nueva educación. Recuerden que los niños somos depositarios del amor de Dios.