Por Raúl Chávez
Analista político
En el país donde los milagros económicos no existen… salvo para ciertos funcionarios públicos, el crecimiento de sus patrimonios florece como en primavera y parece obedecer a leyes físicas desconocidas por la ciudadanía. Mientras el salario promedio camina lentamente, casi pidiendo permiso…
El patrimonio de Alcaldes y Prefectos incluidos a los de Imbabura, están siendo investigadas por las autoridades de control nacional, frente a la posible ineptitud, a la “ceguera temporal” de los concejos municipales a nivel local.
La corrupción provoca un daño social que nunca aparece en los balances oficiales. Pero está ahí, invisible y constante: en la desconfianza que se instala, en la resignación que crece y en la idea peligrosa de que robar, si es desde del poder, es parte del sistema. Porque al final, la corrupción es como ese impuesto silencioso que nadie votó, pero todos pagan.
No hay que medir la corrupción solo en dinero, sino en oportunidades perdidas, en derechos reducidos y en futuros hipotecados. “La corrupción no es un simple número en una cuenta bancaria, es el robo de la esperanza y el futuro de una sociedad.” Naciones Unidas advierte que este delito no es ‘inofensivo’, tiene un costo humano real: una oportunidad perdida, un derecho vulnerado, una nación estancada.
Y mientras tanto, el guion sigue siendo el mismo: cambiar discursos por contratos, ideales por cuentas, y promesas por propiedades, algunos siguen llamando “progreso” a lo que, para la mayoría del pueblo no es más que un elegante mecanismo de desaparición de recursos… con traje y discurso oficial… Lo que la corrupción nos roba no siempre se ve… pero siempre se siente.