Por Fausto Giraldo García
Detrás de cada mercado popular, de cada comunidad rural y de cada casa sostenida silenciosamente por una mujer, existe una realidad que la sociedad rara vez menciona: miles de madres adultas mayores sobreviven entre la pobreza, el abandono y la invisibilidad social.
No existe un indicador oficial exacto que determine cuántas mujeres adultas mayores son madres, sin embargo, los datos demográficos y los patrones históricos de fecundidad del Ecuador permiten estimar que entre el 80 % y el 90 % de las mujeres mayores de 65 años son madres.
Mujeres que levantaron hogares, criaron generaciones enteras y sostuvieron afectivamente a sus familias. Hoy, muchas de ellas envejecen en condiciones profundamente injustas.
La realidad económica golpea con crudeza, una parte importante depende de bonos estatales, ayuda ocasional de hijos, comercio informal, agricultura familiar o pensiones mínimas que apenas alcanzan para sobrevivir.
En sectores rurales e indígenas, muchas continúan trabajando después de los 65 años no por decisión, sino porque dejar de hacerlo significa no comer.
La vejez, para miles de madres no representa descanso; representa agotamiento acumulado, a esto se suma otra tragedia silenciosa: la exclusión social. Muchas viven en soledad parcial, con limitaciones visuales, auditivas o motrices, y enormes dificultades para acceder a salud especializada, transporte o seguridad social.
Mientras el país envejece, las instituciones siguen funcionando como si la vejez de estas madres no existiera.
En Ecuador, el 54 % de la población adulta mayor son mujeres, especialmente en comunidades rurales e indígenas, ellas continúan sosteniendo tareas históricas de cuidado: crian nietos, cuidan enfermos, cocinan, acompañan emocionalmente a familias enteras y, aun así, siguen siendo invisibles para el Estado y muchas veces también para sus propios hogares.
Pero quizá la cifra más dolorosa sea la relacionada con la violencia, entre el 63 % y el 74 % de mujeres en Imbabura han sufrido algún tipo de violencia a lo largo de su vida. En las madres adultas mayores, el drama continúa: el 14,7 % ha sufrido insultos y el 14,9 % negligencia o abandono.
Detrás de esos porcentajes existen madres humilladas, mujeres ignoradas, ancianas abandonadas emocional y económicamente por las mismas estructuras familiares que ayudaron a construir.
La violencia psicológica, física, económica y patrimonial permanece escondida entre paredes domésticas donde el silencio se confunde con resignación. Muchas no denuncian por dependencia económica, miedo o porque durante décadas aprendieron culturalmente a normalizar el maltrato.
En las madres indígenas adultas mayores la situación es todavía más dura: menor acceso a educación, menor acceso a pensiones, mayores niveles de pobreza y barreras institucionales que profundizan la exclusión.
La sociedad suele celebrar a las madres un solo día al año. Pero pocas veces se pregunta cómo viven cuando envejecen, cuánto sufren en silencio o cuántas terminan olvidadas después de haber entregado toda una vida al cuidado de otros.
Una sociedad que abandona a sus madres, más aún adultas mayores, no solamente fracasa políticamente; fracasa humanamente. A propósito mi madre vivirá junto a mi hasta la eternidad.