Por Raúl Chávez
Abogado litigante
Msc y Esp. Sup. en Derecho Penal
Si estuvieras en medio del océano, a bordo de un barco, ¿qué harías?: Convocarías una asamblea para votar quien toma el timón, o buscarías discretamente a quien sepa navegar? Si elegiste lo segundo, probablemente creas – ingenuamente – que la experiencia y el conocimiento aún sirven para algo cuando la vida está en juego, y que no todo puede decidirse a mano alzada.
Pero cuando el barco es un Estado, la lógica cambia. Ahí, al parecer, resulta mas aceptable que el timón pase de mano en mano cada cierto tiempo, no siempre guiado por la pericia, sino por la habilidad para encontrar nuevos puertos para desembarcar. No es una idea nueva la que planteo Platón – el gran filósofo de Atenas, cuna de la democracia, alegó hace unos 2.400 años, que gobernar no es un arte menor ni una tarea que se aprenda por aclamación.
Mientras tanto, las opiniones abundan de toda índole, expertos, y entusiastas “revolucionarios decididos a arrasar el sistema del país y poner en su lugar el paraíso”, desfilan explicando por qué se puede y otros por qué no, es necesario adelantar elecciones, cambiar reglas o reinterpretar principios. Los partidos expresan sus puntos de vista, prefieren no arriesgar demasiado, “dan una en el clavo y otra en la herradura, dicen que sí, pero que también”.
El ritual se repite con puntualidad: cada cuatro años se convoca al “pueblo soberano”, en principio, es la ciudadanía quien “ejerce el poder político” eligiendo representantes a través del voto. En el periodo electoral, se desempolvan las promesas, se recitan juramentos y se distribuyen esperanzas en dosis generosas, aunque de bajo valor nutritivo. La participación es obligatoria; la fe, voluntaria…
Unos acudirán convencidos, otros resignados, y algunos simplemente cumplirán, como dicta el manual de la democracia representativa. Aquellos triunfadores en nombre del pueblo soberano gozarán de sus privilegios, favores que se cobran y se pagan, que se hacen y se retribuyen.
Todo este espectáculo: solemne, ruidoso, la mise-en-scène” perfectamente elaborada, advierte menos un ejercicio de gobierno y mas el prólogo de un reacomodo anunciado. Fernando Pessoa, el gran escritor portugués, advertía que” La esperanza es como la sal, no alimenta, pero da sabor al pan.
El telón electoral caerá, “le jour de gloire est arrivé”, lo de francés, es por lo de la tradición revolucionaria, llegarán las explicaciones, las justificaciones y, con algo de suerte, la pregunta tardía: ¿quién llevaba realmente el timón?