· El 10 de febrero se celebra el día mundial de la Epilepsia, una fecha importante para dar a conocer la realidad de esta enfermedad en los pacientes de América Latina.

La epilepsia es una condición neurológica que afecta a aproximadamente 50 millones de personas en el mundo, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), convirtiéndola en una de las enfermedades neurológicas más frecuentes a nivel global.1 En Ecuador, se estima que aproximadamente 7 a 12 de cada 1.000 habitantes padecen epilepsia activa, y cada año se diagnostican entre 12.000 y 18.000 nuevos casos2

Adium, empresa líder en el sector farmacéutico de Latinoamérica, organiza con frecuencia espacios de educación médica con destacados neurólogos del país con el objetivo de visibilizar esta condición y fomentar un mejor entendimiento sobre su tratamiento.

En su último evento contó con la participación especial de la reconocida neuróloga argentina, doctora Eugenia Sottano, quien compartió información actualizada sobre la enfermedad y los avances terapéuticos.

La epilepsia se manifiesta a través de crisis recurrentes provocadas por descargas eléctricas anormales en grupos de neuronas. La doctora Sottano explicó este fenómeno de forma didáctica: “El cerebro trabaja con señales eléctricas; las neuronas comparten electricidad para funcionar. Cuando ocurre la epilepsia, esas neuronas se activan simultáneamente en una zona específica o en todo el cerebro, generando una ‘crisis eléctrica’. Para visualizarlo, imaginen una ciudad de noche vista desde el cielo, donde de pronto todas las luces de una zona se encienden al mismo tiempo.”

Las causas de estas crisis son diversas: traumatismos craneoencefálicos, accidentes cerebrovasculares (ACV), infecciones del sistema nervioso central, y trastornos genéticos o metabólicos, entre otros. En América Latina, destaca la neurocisticercosis —una infección parasitaria causada por la Taenia solium— como una de las principales causas de epilepsia adquirida. La prevalencia de epilepsia activa varía considerablemente en la región, con estudios que reportan entre 3.4 y 57 casos por cada 1.000 habitantes, lo que evidencia la necesidad de estudios epidemiológicos más homogéneos. Esta heterogeneidad también refleja desigualdades en factores ambientales, acceso a salud y condiciones socioeconómicas3.

Uno de los mayores desafíos en Latinoamérica es la brecha en el acceso al tratamiento: más de la mitad de las personas con epilepsia no reciben atención médica adecuada, lo que contribuye a una mayor tasa de mortalidad (1.04 por cada 100.000 habitantes) en comparación con países de altos ingresos4.

El tratamiento de la epilepsia debe ser individualizado. “Podemos hablar de epilepsias que se autolimitan con la edad o que pueden ser tratadas quirúrgicamente, pero también hay formas crónicas que solo se pueden controlar con medicamentos,” explicó la doctora Sottano.

La Liga Internacional contra la Epilepsia (ILAE) también enfatiza la importancia de un diagnóstico preciso para optimizar el abordaje terapéutico y mejorar la calidad de vida de los pacientes5.

Existen dos tipos principales de crisis epilépticas:

· Focales (o parciales), que afectan una zona específica del cerebro,

· Generalizadas, que comprometen ambos hemisferios cerebrales desde el inicio. “No es que una sea mejor o peor que la otra, simplemente son diferentes,” aclaró la especialista.

Desde el punto de vista epidemiológico, las crisis focales constituyen el tipo más frecuente de presentación de la epilepsia a nivel mundial, representando aproximadamente entre el 55 % y el 65 % de los casos en estudios poblacionales y registros clínicos internacionales.¹²

Las crisis generalizadas, por su parte, representan alrededor del 30 %–40 % de los casos, aunque su proporción varía según la edad, el contexto geográfico y los criterios diagnósticos utilizados.¹³

En la población adulta, las crisis de inicio focal predominan claramente y suelen asociarse a etiologías estructurales o adquiridas, como traumatismos craneoencefálicos, accidentes cerebrovasculares o infecciones del sistema nervioso central.²,4

Aunque las convulsiones son el síntoma más reconocido, hay manifestaciones más sutiles que pueden pasar inadvertidas. Identificar los factores desencadenantes —como la falta de sueño, estrés, alcohol, luces parpadeantes o fatiga extrema— es clave para el control de la enfermedad.

El diagnóstico se basa en la historia clínica y se apoya en pruebas como el electroencefalograma (EEG) y estudios de neuroimagen (tomografía o resonancia magnética), que ayudan a detectar alteraciones eléctricas o estructurales en el cerebro.

En cuanto al tratamiento, la doctora Sottano explicó: “A nivel farmacológico, los medicamentos se administran de diferentes maneras. Hoy contamos con fármacos de última generación. Pero la clave está en cómo se combinan según el tipo de paciente y la forma de epilepsia que presenta.”

La OMS destaca que el acceso equitativo a medicamentos antiepilépticos esenciales es un componente fundamental en la atención de esta condición6.

En ciertos casos, la cirugía puede representar una alternativa terapéutica viable. “Para considerar la cirugía, es necesario determinar el tipo de epilepsia y evaluar los riesgos de secuelas postoperatorias. Este proceso requiere un equipo multidisciplinario, múltiples estudios y una alta inversión,” agregó Sottano.

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