Escuchar bien no solo conecta con el entorno, también protege el bienestar emocional. Hoy,
la evidencia científica es clara: cuando la pérdida auditiva no se detecta ni se atiende a
tiempo, sus efectos van mucho más allá de la difcultad para oír y pueden impactar
directamente en la salud mental.
A escala global, más del 5 % de la población —alrededor de 430 millones de personas—
requiere algún tipo de rehabilitación por pérdida auditiva, una cifra que podría escalar hasta
2.500 millones de personas para el año 2050. Este escenario no solo plantea un reto sanitario
y social, sino también emocional: la Organización Mundial de la Salud OMS advierte que la
pérdida auditiva no tratada favorece el aislamiento social y la soledad, dos factores
estrechamente vinculados con la depresión, especialmente en adultos mayores.
Esta relación ha sido confirmada por un estudio titulado “Asociación entre la pérdida auditiva
y el riesgo de depresión: una revisión sistemática y un metaanálisis”, publicado por Frontiers
inNeurology, donde presenta una revisión sistemática y metaanálisis que analizó 24 estudios
de cohortes realizados entre 2007 y 2024, con muestras que superaron las 250.000
personas.
Los resultados son contundentes: las personas con pérdida auditiva presentan un
35 % más de riesgo de desarrollar depresión en comparación con quienes no la presentan. El
riesgo es aún mayor en personas adultas mayores y en casos donde la condición se prolonga
en el tiempo, especialmente cuando el seguimiento supera los cinco años