Las calificaciones son una referencia importante sobre el desempeño académico de un estudiante, pero no cuentan toda la historia de su aprendizaje. Detrás de una nota existen procesos de esfuerzo, dudas, intentos, frustraciones, avances y errores que también aportan a la formación de niños y adolescentes.
Esta reflexión cobra especial importancia en un momento en el que Ecuador enfrenta importantes desafíos educativos. Los recientes resultados de PISA 2025 muestran que el país se encuentra por debajo del promedio de la OCDE en matemáticas, lectura y ciencias, evidenciando que todavía existe un amplio camino por recorrer para fortalecer los aprendizajes. Frente a este escenario, Karen Yepez Directora de Aprendizaje de Innova Schools, explica que mejorar la educación no implica únicamente aspirar a mejores calificaciones, sino fortalecer las capacidades que permiten alcanzar aprendizajes más sólidos, como el pensamiento crítico, la autonomía, la perseverancia, la resolución de problemas y la disposición para aprender de los errores.
“Una mala nota no debería ser el final de una conversación, sino el inicio. Lo importante es ayudar al estudiante a comprender qué ocurrió, qué puede hacer diferente y qué necesita para avanzar. Cuando el error se convierte en una oportunidad de reflexión, también se convierte en aprendizaje”, afirma la experta.
Mirar el proceso, no solamente el resultado
Para los padres, acompañar la educación de sus hijos implica interesarse tanto por sus logros como por las dificultades que encuentran en el camino. Preguntar únicamente “¿qué nota obtuviste?” puede dejar fuera conversaciones mucho más valiosas sobre lo que aprendieron, aquello que les resultó difícil, cómo enfrentaron una dificultad o qué podrían hacer diferente la próxima vez. Mirar el proceso no significa restarle importancia al desempeño académico ni justificar resultados bajos, sino comprenderlos para identificar oportunidades de mejora y acompañar al estudiante de una manera más integral.
En ese sentido, la representante de Innova Schools sugiere a las familias incorporar algunas prácticas que permitan convertir los errores y las dificultades en oportunidades de aprendizaje:
- Preguntar antes de corregir.Frente a una equivocación, preguntas como “¿qué fue lo más difícil?” o “¿cómo podrías resolverlo de otra manera?” ayudan al estudiante a reflexionar sobre su propio aprendizaje. Este tipo de conversación permite identificar si la dificultad estuvo en la comprensión, la organización o la estrategia utilizada. Además, favorece que el niño o adolescente encuentre respuestas por sí mismo y desarrolle mayor autonomía.
- Valorar el esfuerzo y las estrategias.Reconocer la constancia, la organización, la creatividad o la capacidad de pedir ayuda fortalece comportamientos que favorecen mejores aprendizajes. Cuando los padres valoran también el proceso y no únicamente el resultado final, ayudan a que sus hijos comprendan que mejorar requiere práctica, disciplina y disposición para seguir intentando. Esto contribuye a construir una relación más saludable con los retos académicos.
- Permitir que los hijos enfrenten dificultades.Resolver cada problema por ellos puede limitar el desarrollo de autonomía. Los padres pueden orientar y acompañar sin sustituir al estudiante. Darles espacio para probar, equivocarse y buscar soluciones fortalece su capacidad para tomar decisiones y enfrentar nuevos desafíos con mayor confianza. El acompañamiento debe brindar seguridad, pero también oportunidades para que asuman responsabilidades acordes con su edad.
- Evitar las comparaciones. Cada niño tiene ritmos y fortalezas diferentes. Resulta más constructivo observar su progreso respecto de sí mismo que compararlo constantemente con hermanos o compañeros. Las comparaciones pueden desviar la atención del proceso personal y generar presión o frustración innecesaria. En cambio, reconocer avances individuales ayuda al estudiante a identificar sus fortalezas y los aspectos que todavía necesita trabajar.
- Mantener comunicación con los docentes.La relación entre familia y escuela permite comprender mejor las dificultades y trabajar conjuntamente en soluciones. Una comunicación cercana ayuda a identificar patrones, avances o necesidades que pueden no ser evidentes únicamente desde el hogar. “Cuando docentes y familias comparten información y objetivos, es más sencillo construir estrategias coherentes de acompañamiento para el estudiante”, añade Karen Yepez Directora de Aprendizaje.