(Por: un tal ‘Otto Ludwig Van Beethoven Bruno Bach Feuerbach’)
¿Quién es mi país que lincha,
que expulsa, que deporta,
que advierte con linchar,
que pide desterrar,
que añora proscribir,
que pega alaridos para extraditar
o amenaza con matar?
Mi país es unito del montón humano
Pero se cree el mejor país del mundo,
el más tranquilo,
el más honrado,
el más buenito,
el más pacífico,
el más mejor.
Y, por supuesto, cree siempre
que son los extranjeros
los que le quitan el trabajo,
no el Estado ni el capital,
sino los extranjeros,
y que le roban
la seguridad, la calma,
la tranquilidad y paz social,
porque todos ellos,
los extranjeros insiste,
(eso dicen mis coterráneos)
es sabido que ellos cometen todos los robos,
todos los asaltos, todas las fechorías.
Ni un alemán roba,
o sólo por excepción,
“son errores aislados”, siempre dice,
o sí, hay una obvia excepción, admite:
todos los políticos roban, esos sí;
ellos sí que roban, todos,
menos el líder de bigote
(guayabera parda,
¿o traje negro de Hugo Boss en mano?
jura que meterá o mandará
a todos
los ladrones a la cárcel,
a todos
los políticos a la cárcel,
a todos
los violadores a la cárcel,
a todos
los malos alemanes a la cárcel.
“Basta de Bestias”, dice un líder
y se prepara calladito, modosito,
para arrasar en las elecciones
de 1933, ya falta poco:
el campo y la cancha le dieron
preparando
los pillos de la vice,
los corruptos de la presi,
los gnomos del poder legislativo
los vampiros del poder judicial,
los ñatos de la corte
y los políticos de siempre:
los izquierdosos pícaros y necios
y los derechosos pícaros y necios,
los centristas y los financistas).
Pero ‘basta de bestias’, insisten en repetir
mis compatriotas alemanes,
ratoncitos hijos del Flautista de Hamelin,
porque las violaciones y crímenes
los delitos horrendos
en todo el territorio de Alemania,
para mis paisanos siempre
los cometen extranjeros
sí, extranjeros con acento extranjero,
siempre todos los malos son afuereños
y eso sí: con acento afuereño,
siempre todos los forasteros
son los homicidas con acento forastero:
porque las cámaras filmaron judíos,
los audios grabaron gitanos,
parias aprovechados, gente mala,
que vino a aprovecharse de la alemana
década ganada entre 1921
y todo el año actual de 1931.
Mi país alemán cuanto más odia,
más se acerca a Neanderthal,
lincha tanto que relincha,
el alma se le encoge tanto cuando odia
que se hace elemental y primitivo,
alcanza el tamañito proto-nazi
de su xenofobia enana,
de su rabioso corazoncito talla small
de su pensamiento ilógico tan mínimo,
pequeño, carcosito,
vulgarón:
y eso que la “culta” clase media
también engrosa las virtuales filas masivas
de este nuevo NSDAP,
que es el nombre antiguo
de las actuales redes sociales
(como mis compatriotas no leen sino memes
les informo: NSDAP son las siglas del partido
creado por un cabo de cuarta
pintor de quinta convertido en mesías
de sus grandes financistas y la piara)
Le importa un chucrut (un carajo) a mi país
los miles de miles de miles
de niños alemanes maltratados,
violentados y violados en cientos de cientos
de escuelas berlinesas,
colegios hamburgueses
y casitas de Munich.
Le importan una salchicha
sus mujeres alemanas
por cientos asesinadas, ya es costumbre.
Pero eso sí que marcha, cómo marcha,
mi país en marcha,
ladra, cómo ladra,
advierte, y cómo advierte,
contra los “pecados” de los demás,
no los suyos, jamás los suyos,
los ‘pecados’ de sus mujeres sobre todo,
asesinadas por liberales, por alzadas,
por putas, resabiadas o ‘pendejas’
(por hegelianas, digo, pero no me entenderían)
o los ‘pecados’ de sus trabajadores
echados del empleo,
o los ‘pecados’ de sus viejos jubilados
pisoteados como viejos desechables:
Por ellos y por ellas,
por los que de tanto morirse
nadie los recuerda ni les cuenta o enumera,
ni les toma en cuenta,
por ellos sí, mi país hipocritón,
ni una marcha hace, ni un parito,
ni una huelga, ni una razzia,
ni un “Heil, Compita!”
ninguna de sus guillotinas verbales,
sus filípicas virtuales,
sus hachas estridentes
de palabra soez y mal escrita.
Sus políticos que transpiran sudor y odio,
ordinariez, atávicos complejos,
su gente que dice que detesta
a los políticos, a los corruptos
(cacofonía nacional y socialista)
todos, los unos y los otros,
incubaron y siguen incubando
en los 10 años de guerra previa
que tuvo el país para incubar rencores,
en los 30 años previos y los 10 que vendrán,
el odio y el miedo a los demás,
como estrategia para marchar
Adolfo hacia el poder
¿con él la seguridad ya será de todos?
Porque todos los mafiosos son extranjeros,
ni un alemancito,
¡qué puros, qué inocentes, qué honrados
los narcos alemanes!
No como los guachos de Polonia
o los refugiados de la Austria bolivariana.
Mientras tanto incuban y siguen incubando
ignorancia y rencor por los cuatro costados,
el odio cerval, no virtual,
ya es de todos:
los linchadores de hoy,
los arios de a perro,
los nacionalistas y los populistas,
los que creen que sólo los demás,
(léase “¡siempre son extranjeros!”)
los asaltantes, violadores, asesinos:
siempre son extranjeros
todos.
¿no será, mis compatriotas alemanes,
que por uno pagan todos?
no, que va: “¡todos los no-alemanes
son escoria, raza inferior, delincuentes!”,
me responden mugiendo, balando,
rebuznando mis paisanos alemanes,
pero, eso sí, olvidamos siempre
a nuestros delincuentes nacidos
aquí mismo,
nacidos para migrar de tantas crisis
y de tanta guerra:
¿en España, Francia, Polonia, Austria
no cometían algunos
de nuestros ejemplares ciudadanos alemanes
delitos, trafasías, atrocidades, robos?
Se robaban tiendas, mercaditos,
los hijos de la crisis,
los huérfanos de la migración forzada,
algunos hasta criminales se hicieron,
pero a ningún polaco, austríaco,
francés o español
se les ocurrió
gritar por la ventana, el bus o la calle:
“Que se vayan todos los alemanes,
expúlsenlos a todos,
o los matamos,
que lo que pase en mi barrio
es cosa de mi barrio,
¡salgan de aquí,
nos dejan sin trabajo!”
No, eso nunca nos dijeron.
Los que odian a todos,
ni un solo libro se han leído,
nada han memorizado,
nada que les recuerde
la Alemania de 1914,
la Italia de los ’10,
y si tuvieran cómo,
quemarían libros
matarían extranjeros,
votarían por cualquier Hitlerito
en poco tiempo.
Porque el odio elemental
que incuba mi país, lo rebaja
a manada, a mamut,
a ‘bestia parda’.
Mis compatriotas son racistas pero no lo dicen
ni lo creen:
lo son con los negros o simples sospechosos
de ser negros por supuesto,
sobre todo en la fila de los bancos y cajeros,
mis coterráneos son racistas y clasistas:
fuera los indios, de la India y los sudacas, dicen,
Pero ahora viene lo bueno:
“fuera los emigrantes
fuera los asesinos judíos
que matan taxistas alemanes!”
todos son, ya, de un día para el otro,
asesinos todos,
“fuera los morenos” dirán más tarde,
aunque no haya quién les lave el carro hediondo,
pichirilo o mercedes, por nada o casi nada,
y encima lo pasen encerando: ‘darán cuidando’,
por unas cuantas pinches fracciones
de marcos, y “no tengo sueltos”, les dicen,
total hablan créole, la lengua de todos los cuidadores
de carros en Berlín: haitianos es que son,
“eso ha de ser africano”, comentan mis coterráneos,
porque nadie los comprende,
pero qué carajo, “total, si ni saben contar esos negros”.
Y, obviamente, ¡fuera los polacos,
los franceses, los ingleses y senegaleses!
Y, sobre todo, ante todo, esta vez y para siempre,
fuera los venezolanos, perdón, me equivoqué
fuera los hebreos, échenlos a la frontera,
pero a las hebreas no,
o sáquenlas, después de abusarlas y matarlas
(porque ‘son bien ricas’, es decir muy bellas).
Y, claro, “¡Alemania para los alemanes!”
responde la piara patriotera;
Y “¡Alemania, despierta!”
exclama la manada chauvinista.
… y al final: “un Furher, un Pueblo, un Destino!”
rezará la recua linchadora.
[Cualquier coincidencia es simple coincidencia]
Alexis Ponce