Por, David North

La conclusión inevitable que se desprende del discurso pronunciado el miércoles (1 de abril 2026)por la noche por Donald Trump es que el presidente estadounidense es un criminal polí1co. Si se admite que existe un límite moral, incluso en el ámbito de la geopolítica imperialista, entre la búsqueda generalmente siniestra de los intereses de las grandes potencias capitalistas y la bestialidad fascista, los líderes del gobierno estadounidense lo han traspasado.

Los nombres de Trump, Vance, Hegseth, Rubio y Miller vivirán en la infamia perpetua junto a los de los cabecillas nazis del Tercer Reich: Hitler, Goering, Himmler, Von Ribbentrop y Goebbels. El juicio de la historia será implacable.

Pero ese juicio no solo recaerá sobre individuos, sino también, y de forma más profunda, sobre la clase social que los elevó al poder y en cuyo interés cometieron sus monstruosos crímenes contra el pueblo de Irán. Ahí radica la importancia del discurso de Trump del miércoles por la noche. Puso al descubierto la irreversible putrefacción polí5ca y moral de la clase dirigente estadounidense.

El discurso de Trump destacó por su falta de disimulo. Eligió palabras que exponían con cruda franqueza los objetivos deliberadamente genocidas de las acciones estadounidenses. “Los vamos a devolver a la Edad de Piedra, donde pertenecen”, declaró.

Amenazó con que Estados Unidos atacaría “todas y cada una de sus centrales eléctricas con mucha fuerza y probablemente de forma simultánea”. Se jactó de la decapitación de la cúpula dirigente —“Están todos muertos”— y luego añadió, con la tosca seguridad de un capo de la mafia: “Tenemos todas las de ganar.

Ellos no 1enen ninguna”.

Trump amenazó con la destrucción de los cimientos materiales de la vida social de todo un país, explicando que el sector petrolero de Irán se había salvado hasta ahora solo porque su destrucción ‘no les daría ni la más mínima posibilidad de supervivencia o reconstrucción’.

Lo que se manifestaba en estas declaraciones no era simplemente la patología de un individuo, sino el carácter esencial de una capa social que se ha habituado a la criminalidad y ya no se siente obligada a disculparse por ella.

Reformulado al más puro estilo del fascismo trumpista, el principio moral que guía a la clase dominante capitalista es: ‘Actuar siempre para maximizar el poder y las ganancias de la oligarquía, tratando a los seres humanos, a pueblos enteros e incluso a la civilización misma, como activos desechables en el ejercicio de la fuerza

estadounidense’.

Esta es la moral de una clase cuya riqueza se basa en la depredación financiera y la ruina social. Es la moral de líderes políticos que consideran a poblaciones enteras como materia prima sobre la cual ejercer la fuerza con absoluta crueldad.

A pesar de las atrocidades de Trump, el pueblo iraní no se someterá al imperialismo estadounidense. Continuará resistiendo, y es responsabilidad de la clase trabajadora estadounidense e internacional defender al pueblo iraní. El poder de la clase trabajadora debe movilizarse para detener los bombardeos sobre Irán y forzar el fin de esta guerra ilegal.

La clase trabajadora y la juventud deben extraer de la guerra las conclusiones necesarias.

No basta con sentir horror. El horror, si se deja a su suerte, se consume en una frustración impotente o en episodios aislados de resistencia individual. Lo que se requiere es el desarrollo de un movimiento socialista de masas de la clase trabajadora, guiado por un programa socialista internacionalista, imbuido de una auténtica moral revolucionaria y opuesto en todos los sentidos a l  depravación de

la clase dominante.

NOTA: es un estracto del artículo publicado originalmente en inglés, el 3 de

abril de 2026, por el Comité Internacional de la Cuarta Internacional (CICI).

(Tomado de La Espuela)

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