Cuando hablamos de contaminación ambiental solemos pensar en enfermedades respiratorias, cardiovasculares o incluso cáncer. Sin embargo, la piel —el órgano más grande del cuerpo y nuestra primera barrera de defensa— también sufre sus efectos de manera constante, ya que permanece expuesta las 24 horas del día a contaminantes presentes en el ambiente.

Esta realidad cobra especial importancia si se considera que, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el 99 % de la población mundial respira aire que supera los niveles recomendados de calidad principalmente por la presencia de material particulado fino (PM₂.₅), dióxido de nitrógeno y ozono . Aunque este problema representa un desafío para la salud pública, la investigación científica ha comenzado a demostrar que sus efectos también pueden reflejarse en la piel.

En los últimos años, la dermatología ha puesto el foco en el exposoma cutáneo: el conjunto de factores externos, como el sol, el clima, los hábitos y la contaminación, que impactan la salud de la piel a lo largo de la vida. Respecto a este último factor, un estudio del Journal of Investigative Dermatology (JID), una de las revistas científicas más reconocidas en investigación dermatológica, reveló que la exposición prolongada a partículas contaminantes se asocia de forma directa con la aparición de manchas y el deterioro visible de la calidad de la piel.

Los contaminantes atmosféricos generan estrés oxidativo, aumentando la producción de radicales libres que dañan lípidos, proteínas y ADN celular. Este proceso activa mediadores inflamatorios y enzimas denominadas metaloproteinasas de matriz (MMP), responsables de degradar el colágeno y la elastina, proteínas fundamentales para mantener la firmeza y elasticidad de la piel. Como consecuencia aparecen arrugas prematuras, manchas, pérdida de luminosidad y alteraciones de la función barrera.

Diversos estudios epidemiológicos realizados en Europa y Asia han demostrado que las personas expuestas durante años a mayores concentraciones de partículas finas (PM₂.₅) presentan una mayor frecuencia de manchas pigmentarias, arrugas profundas y pérdida de elasticidad cutánea en comparación con quienes viven en zonas con menor contaminación.

Para la Dra. Carla Cevallos, Jefe de Seguridad, Salud y Ambiente de Laboratorios Bagó, uno de los principales desafíos es que este daño suele ser silencioso. “Muchas personas protegen su piel únicamente cuando van a la playa o realizan actividades al aire libre. Sin embargo, el cuidado debe formar parte de la rutina diaria, porque la piel está expuesta todos los días a factores ambientales que, con el tiempo, pueden acelerar su envejecimiento. La prevención sigue siendo la herramienta más eficaz”.

Frente a esta realidad, los especialistas recomiendan incorporar hábitos sencillos que contribuyan a reducir el impacto de estas agresiones ambientales:

  • Aplicar protector solar de amplio espectro todos los días, incluso cuando el cielo esté nublado.
  • Preferir protectores con antioxidantes (vitamina C, vitamina E, niacinamida o ácido ferúlico) cuando sean indicados por el dermatólogo.
  • Limpiar la piel al finalizar la jornada para retirar partículas contaminantes.
  • Mantener una adecuada hidratación cutánea mediante emolientes apropiados.
  • Evitar fumar o exponerse al humo del tabaco, ya que potencia el daño oxidativo.
  • Consumir una dieta rica en frutas, verduras y alimentos antioxidantes que contribuyan a reducir el estrés oxidativo sistémico.
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