Por Raúl Chávez ,Analista político

Las llamadas elecciones primarias dentro de algunos movimientos políticos suelen tener la emoción de una obra de teatro cuyo final ya fue escrito. La escena es conocida: “A la una, a las dos y a las tres, levanten la mano quienes apoyan al candidato”. Y, como por arte de magia, todas las manos se elevan al mismo tiempo, no porque exista un debate profundo ni una deliberación democrática, sino porque la decisión ya fue tomada previamente entre cuatro paredes…

El tiempo ha trascurrido y siguen los métodos pocos ortodoxos para designar a los candidatos de los movimientos políticos. Las redes sociales anuncian que autoridades cantonales y provinciales fueron ratificadas por “unanimidad” y “consenso” –su propia sucesión ratificada–, dos palabras tan frecuentes en la política como escasas en la realidad. La casualidad siempre juega a favor de quienes ya ocupan el poder

Lo verdaderamente fascinante es que en estas asambleas nadie parece interesado en evaluar resultados. No hay balances incómodos, ni preguntas difíciles, ni mucho menos autocríticas. Toda marcha de maravilla, en Otavalo: la ciudad continúe atrapada en problemas de movilidad, contaminación, desorden urbano y polarización social. La narrativa oficial insiste en que vivimos en una gestión ejemplar; como Alicia en el país de las maravillas y su protagonista principal es la máxima autoridad…aunque la ciudadanía, en cambio, observa otra película.

La política moderna ha perfeccionado una figura muy útil: “los tontos útiles” (o “idiotas útiles”) frase que apareció en los años 40 en la prensa occidental, se le atribuyó al líder soviético comunista Lenin. Este militante – convencido- de buena fe, que actúa y cree que defiende sus “propios intereses”, es manipulado y convertido en una “herramienta involuntaria” replicador y amplificador del mensaje de su líder. Son los defensores incondicionales que convierten cualquier cuestionamiento en una ofensa y cualquier crítica en una conspiración

En la era digital, estos ejércitos de convencidos -doctrinariamente (basado en la fe) – ideológicamente (metas políticas) — cumplen una misión estratégica: si no se puede ganar ampliamente en las urnas—con el 21% no se alcanza una legitimidad– al menos se debe dominar la conversación en las redes. Los mensajes están destinados a incendiar y polarizar la sociedad. El objetivo no es necesariamente tener la razón, sino hacer más ruido. Hay que atacar al que piensa diferente, mientras el líder sonríe desde la comodidad de su narrativa…

Al final, las primarias terminan siendo un curioso ritual: una democracia cuidadosamente preparada, todos participan, pocos deciden y muchos celebran una elección cuyo resultado ya conocían desde el principio…

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